Análisis de Rayman Legends

Engañar no es lo mío. Mentiría si dijese que no tenía ciertos reparos hacia esta segunda parte. Amé tantísimo la estética, ritmo y dificultad de Origins que temía una segunda parte menos adictiva, algo repetitiva y que llegara a cansar en ratos largos. Soy así de agorero porque no son pocas las ocasiones que segundas partes me han dado un buen guantazo. Afortunadamente para mí, y para todos aquellos que juguéis a Legends, no podía estar más equivocado, y bien que me alegro.
Basta con pisar los menús para ver que el título ha sabido evolucionar sin decir adiós a la sencillez que le caracteriza. Parece fácil, pero es un punto en donde muchos tropiezan y acaban por convertirlo en un “más opciones pero peor presentadas”. Ubisoft opta por abandonar el clásico mapamundi hacia algo más representativo del propio juego como es plasmar cada mundo, nivel o fase, en lienzos. Al principio puede que pongamos los ojos aviesos, pero resulta terriblemente cómodo. No hace falta preguntarse si el título del nivel se corresponde con el que tenemos en la cabeza –algo en lo que Origins cojeaba–, el cuadro se encarga de captar cierto momento para decirnos “eh, es este”.
Metidos ya en faena es normal sentir una extraña nostalgia y nerviosismo por todo lo que estás viendo. Sabes cómo se juega, qué opciones te brinda el título, pero todo huele tanto a nuevo que no puedes quitar de tu cara esa sonrisa bobalicona. Todo está cargado hasta los topes de detalles, bien a la vista, al oído o al gusto porque, demonios, qué bien sabe jugar a algo que ya conoces de antes pero que ahora desconoces. Con pulso de cirujano el equipo de Montpellier ha sabido limar ciertas asperezas que quedaban de Origins. Esto se nota especialmente en fases donde la música va al compás de los saltos que debemos efectuar. Si somos avispados y caemos en la cuenta, la fase no solo resulta más sencilla, sino que se disfruta el doble por el saber hacer. En este sentido es un juego muy autocomplaciente, premia al jugador que sabe cómo jugar y consuela e invita al novato a seguir intentándolo. Al tener en mente a este segundo aparece un ligero pero –sin que se acabe el mundo claro– hacia lo accesible que se ha vuelto para que todo el público pueda mejorar. Bien que las primeras pantallas sean más un entrenamiento que una continuación del primero, en cuanto a dificultad quiero decir, pero por mucho que escarbemos en las más exigentes se ve que siguen siendo más sencillas de lo que debieran. Que sí, que podemos volver a Los Orígenes y repasar mundos del primero, hacer cronos para rescatar a los mindundis celestes o enfrentarnos al Rayman Oscuro con el mismo propósito, pero bastan unos cuantos intentos –salvo contadas excepciones– para salir airosos con todos los trofeos, rehenes y lums bajo el brazo. Donde sí encontraremos un reto a la altura será al terminar la aventura principal, cuando desbloqueemos los cuadros musicales que hicimos –bravo por el Mariachi Madness de Eye of The Tiger– con ciertas modificaciones. Ahí sí que la paciencia de muchos se pondrá a prueba y el mando sufrirá del efecto bayeta.
Sobre los controles habrá quien critique su falta de ambición porque apenas ha cambiado. Yo no. Las novedades no son demasiadas, pero sí sustanciales. Bien es cierto que algunas opciones del primero se abandonan un poco aquí; la botonería queda algo apartada en ciertas carreras frenéticas que se limitan casi al salto, una especialización como la que tienen los cerrajeros en Sevilla, y las caídas se frenan más de la cuenta, pero se compensa con ciertos diseños de niveles que te arrancan un aplauso. Viene a mi mente El laberinto asombroso, pero lo cierto es que hay varias fases que, casi con total seguridad, tocará repetir varias veces para completarlas al máximo. Por eso esas carencias, o la nula intención de repetir todas las mecánicas de su antecesor, se suplen con niveles que requieren mayor implicación por nuestra parte. ¿Y lo de pasar el tableto mando de Wii U a uno de toda la vida, qué tal? Pues francamente bien. Es evidente en algún momento que el control sería más cómodo con una pantalla táctil y otro jugador, pero el hecho de dirigir al personaje principal y su ayudante añaden un capa de dificultad, que tampoco le viene nada mal. Sí que hay un ligero inconveniente con este traspaso de competencias y que suele darse al deshacer el camino andado. En ocasiones el ayudante parece atorarse y quedarse muy atrás, por lo que –ya digo que puntualmente– a veces uno se lanza bien confiado a la plataforma que pulsa para ver moverse y que termina por quedarse donde está mientras nos hinchamos como un globo.
Una de las pocas pero acertadas novedades de este plataformas ha sido meter cierto componente social. Tranquilos, nada de Facebook, Twitter e Instagram, que demasiado los padecemos ya para soportarlos ahora en el último bastión del ocio. Éste viene de la mano a una serie de retos semanales y diarios en donde nos enfrentaremos contra otros contactos que jueguen a Legends. Así acabamos echando horas en destronar a quien te quitó el primer puesto y al que, tras veinte intentos, consigues sacarle una décima, celebrándolo como si no hubiera un mañana. En este aspecto el nivel de competición es tan sutil que cuando uno se quiere dar cuenta de que fulano te ha pasado, tus dedos ya te han llevado al menú de carga para fregar el suelo con su puntuación.
Por si fuera poca toda la magia del dibujo y del control nos topamos de nuevo con el bueno de Christophe Héral. Unos primeros segundos en la pantalla de título son suficientes para caer en la cuenta de que, aún siendo una melodía menos ecléctica que la del anterior, sigue abanderando el buen gusto por invitarnos a no dejarlo. Tras éste, y después de saltar entre fase y fase, uno se deja encandilar por melodías clásicas, canciones frenéticas, cortes instrumentales, silbidos, turutas y un largo etcétera. Un repertorio inmenso y diverso que consigue añadir un último brochazo de genialidad a este magnífico cuadro.
Ahora mismo es triste, pero si miramos al género de los plataformas es difícil que veamos títulos de calidad. Aunque resulten más o menos entretenidos son pocos los que consiguen dejar algo de frescura y diversión sin horarios. Es posible que vaya de la mano a un mercado en donde cada vez más se demandan triples A que nos vuelen la cabeza al ver caer edificios, motosierrear zombis o machacar botones para conseguir combos, quién sabe. A mi me llena de tristeza ver al plataformas convertido en el chaval enclenque del patio cuando es, tal vez, el género que mejor aguanta el paso de los años. Afortunadamente Rayman Legends es una excepción. Es el niño enclenque que con el tiempo ha ido cogiendo confianza en sí mismo, y ahora, ya engorilado, no tiene porqué bajar la cabeza. Una segunda parte deliciosa en todos los aspectos y con una obsesión por el detalle a modo de reivindicación que se acaba por transformar en una carta de amor a este, cada vez más, marginado género.

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Categories: videojuegos