La sociedad de consumo: Sus mitos, sus estructuras y su next gen

Pues bien, queda poco menos de un mes para que la nueva generación de consolas empiece a aporrear mi puerta y acabe entrando en mi casa sin piedad, violando salvajemente mi cartera, mi tiempo y mi poca dignidad. Digo “violar”, y subrayo, porque no quiero esas máquinas en casa, no aún, pero sé que van a colarse y a tumbarme contra el sillón en breves. No las quiero por dos motivos: porque hay cosas que no tengo y otras que me sobran. No cuento con trabajo, y por ende, tampoco con dinero y en mi haber hay un gritón de juegos en la estantería que todavía ni han pasado por el ritual fetichista de ser abiertos. Sin embargo, como a cualquier hijo de vecino, me invade esa necesidad de dar el salto a una generación que, de momento, solo me ofrece un título de lanzamiento que verdaderamente me atraiga (Forza 5) y más dudas sobre su funcionamiento que certezas. Así que hacer un desembolso entre 400 y 500 euros en estas condiciones podría calificarlo como indecente. Es estúpido y falto de moral en mi caso porque tengo otras necesidades (necesidades de verdad) y si lo que quiero es jugar podría revolcarme como un cerdo entre los cartuchos y discos que me rodean. Claro está que esto del consumismo plenamente consciente es cotidiano y lo aceptamos sin reparo, jactándonos de nuestra banalidad por calmar posibles disonancias, pero a mí esta actitud que practica hasta el más pintado continúa fascinándome.

 

forza5

 

De Jean Baudrillard alguna vez he hablado, un sociólogo y filósofo francés cuya obra gira en torno a la posmodernidad y cuyos textos he vuelto a retomar hace unos meses, algo que os recomiendo si os interesa los temas que toca. Entre otras cosas, quiso dejar claro que la nueva base del orden social era el consumo, más allá de la producción, algo que he de suponer que ya todos damos por hecho. Pero claro, cuando ves cómo el autor desgrana el tema allá por los años 60 de una forma tan fina e inteligente te pone de vuelta y media. Bien loco. Así que pensé en llevar el discurso de La sociedad del consumo: Sus mitos, sus estructuras, una de sus obras más temprana y reconocidas, al terreno del mercado de los videojuegos. Eso sí, cogiendo unos poquitos conceptos principales que se plantean en el ensayo y adaptándolos a mi manera, simplificando todo un poco para invitaros a acercaros a este señor. En concreto, el trasvase de significados, el poder del despilfarro y el encadenamiento de objetos. Todo el discurso sobre las necesidades se basa en una antropología ingenua: la de la propensión natural del ser humano a la felicidad. La felicidad, inscrita con letras de fuego detrás de la más trivial publicidad de unas vacaciones en las Canarias o de unos cerrajeros Toledo, es la referencia absoluta de la sociedad de consumo: es propiamente el equivalente de la salvación.

 

Quizá la idea más importante que rodea al texto sea esta. El objeto ahora funciona como significante y no como significado, así que ya no buscamos el objeto por la función que tiene, más bien por lo que significa ser quién lo posee en un momento de tiempo particular. Esto es comprar no por la necesidad que principalmente el objeto satisface, si no por el significado que tiene en un momento preciso. Significado social y hedónico. Por ejemplo, volviendo al discursillo de la nueva generación, en mi caso comprar una PlayStation 4 de salida supone, más allá de ofrecerme diversión, ponerme en una categoría social exclusiva, donde están los que pueden comprar y a los que “de verdad” les interesan los videojuegos y están “a la última”. Pero Baudrillard se esfuerza por dejar claro la existencia de un trasvase de significados y signos respecto al concepto de felicidad, siendo el objeto el signo la felicidad y su acumulación, “acumulación de signos de felicidad”. Sony es el camino a bienestar, eh. De este modo y simplificando mucho podemos entender ese punto en el que la cantidad de juegos que comprábamos superaba nuestra capacidad para dedicarle tiempo: comprar ya aportaba la felicidad y el bienestar suficiente, jugara o no, estuvieran abiertos o cerrados los juegos ya me hacía feliz por sí mismos. Algo que a estas alturas de consumismo nos suena a perogrullada. Pero, ¿por qué asociamos poseer objetos con la felicidad? Aquí podríamos apuntar a una causa individual, pero el francés va más allá y apunta a causas sociales. Para él, en las sociedades capitalistas hemos aprendido que la igualdad se alcanza con abundancia de bienes, que las diferencias entre hambrientos y obesos se solucionan generando más comida, así que obviamente hemos llegado a creer que el objeto y su abundancia es el camino hacia la igualdad y hacia la felicidad. “El crecimiento es abundancia, la abundancia es democracia”, comenta. Así que tranquilos, que ahogarnos en nuestra infinita colección de videojuegos es apoyar el bien común, una conclusión absurda del capitalismo que el autor señala claramente.

 

ps4

 

¡Oh, no hay que razonar sobre la necesidad! Nuestros más viles mendigos son en alguna paupérrima cosa superfluos. No concedáis a la naturaleza más de lo que ella exige y la vida del hombre será de tan bajo valor como la de las bestias. ¿Comprendes que nos hace falta un poco de exceso para ser?

 

Todo esto de identificar nuestro yo con nuestro haber apunta a nuestra necesidad social de desmarcarnos, de colocarnos en un estatus social favorable que nos haga sentir que no somos escoria, claro. El filósofo nos cuenta en este ensayo cómo esto no es nuevo y que obedece a una tradición antigua que nace con los héroes del consumo y, sobre todo, del despilfarro. Pensemos en el héroe del medievo y su ostentación de tierras, tesoros, palacetes y derroche como símbolo del poder. Ahí se señala como los kwakiutls sacrificaban canoas, mantas y cobre lanzándo todo al mar o prendiéndole fuego para “sustentar su rango, para afirmar su valor”. Yo, en 2013, me compro una consola de nueva generación con un catálogo que no me termina de interesar demostrando mi pasión por el sector. Desde luego no es algo único de un sistema capitalista ni de nuestro tiempo, pero gracias a Internet (bendito Internet) tenemos una catapulta infinita hacia el pavoneo. Ahora, la tan necesaria exhibición de la panoplia y de que no somos meros muertos de hambre, inunda Twitter, Facebook o Tumblr con fotos que anhelan demostrarle a conocidos y desconocidos (esto es lo mejor) lo que acabamos de comprar. Pero sobre todo, nuestra capacidad de despilfarro en banalidades, porque si podemos gastarnos más dinero en una edición especial que incluye cartones y cajas en otros colores, mejor (¿alguna vez vemos fotos de bolsas de la compra o de otros artículos de primera necesidad?). Y esto, acaba generando un bucle infinito entre los que muestran y entre los que no quieren ser menos, porque recordemos que, ahora, esto de poder tener todo lo que nos rodea es un derecho social, algo que todos merecemos ¿no?, y no un fruto de nuestro trabajo. Es lo que nos prometieron en el estado del bienestar.

 

Porque un producto no existe aislado, se relaciona con otros, forma parte de algo, necesita de otros, funciona mejor junto a aquel o se explica mediante la existencia de un tercero. Así todo se relaciona y tiene razón de ser en un orden, en una colección, viviendo en un universo. La idea de encadenar los objetos obedece a la intención de llevarnos de aquí para allá por un afán de completar y darle sentido a nuestra colección, entre otras cosas. Quizá en el negocio de los videojuegos esto sea vea particularmente claro: comprar cualquier juego que se convierta en saga empuja de una forma u otra a hacerse con el resto de la colección. Imaginad una estantería que contenga el primer Uncharted y el último, pero no el segundo. No sólo rompe con el orden, con la estética, con el mínimo decoro que una colección debe tener, es que directamente esta estantería no cuenta con el superobjeto: la trilogía, principio y fin de la saga (por el momento), alfa y omega de Nathan Drake y, por lo tanto, sentido de la saga de Naughty Dog. En mi caso, de estar en esta situación posiblemente termine comprando esa pieza perdida del puzle al verla barata, juegue o no, me interese más o menos. Todo sigue una armonía, de PS One a PlayStation 4, de Resident Evil a su sexta entrega con spin-off y rarezas (incluyendo los pack que contienen todos los juegos hasta la fecha, de nuevo). Cualquier producto invita a comprar unos veinticinco más: primero la Xbox 360, después el cable HDMI, luego los juegos de lucha, más tarde la suscripción GOLD y posteriormente un arcade stick. Así ad infinitum. Pero quizá este ejemplo no llegue a aquel menos interesado en el mal llamado “completismo”, así que pensemos en la dichosa suscripción Plus para PlayStation Network, grial y luz de usuario de Sony. No soy el único que empezó pagando pensando en ir haciéndose con juegos de PlayStation 3, sin importarme lo más mínimo el catálogo de PS Vita (básicamente porque no me he atrevido a comprarla). Hasta aquí todo son amores, ventajas y beatificación a la compañía japonesa por sus “precios populares”. Sin embargo, basta con 3 meses de Plus para hacerse con un catálogo de Vita suficiente para empezar a plantearse “¿oye, quizá me merezca la pena comprarme la portátil?”. Un pago que, a lo tonto, invita a otro que ni por asomo buscábamos en origen. Y esto, volverá a pasar con PlayStation 4, desde luego, porque Plus te va a ir soltando “gratuitamente” juegos de la nueva generación. Lo dicho, encadenamiento hasta el absurdo.
De lo dicho hasta aquí, podría seguir pensando que saltar a la nueva generación merece la pena por ser testigo del progreso técnico, necesidad inherente de casi cualquier jugador y cuya satisfacción solo pasar por dar el paso. Pero, personalmente, veo difícil que esto justifique hacer el pago de salida, como si Xbox One o PlayStation 4 se esfumaran en tres meses. ¿Por qué? Porque sabemos de sobra que el poderío técnico de una máquina no se alcanza nunca con los juegos de salida, porque habrá más imprevistos en hardware y software de la cuenta (siendo tu el beta tester que paga por serlo) y, narices, porque si lo que quieres es ser espectador del poderío técnico tu camino pasa por el PC. Sinceramente, sigo sin ver un motivo contundente, incluso a veces leo a algunos que me dejan dando vueltas sobre mi eje.

 

Como os podéis imaginar, la obra de Baudrillard va muchísimo más allá en su análisis y nos explica como el consumo funciona como una actividad clave para relacionarse dentro de una comunidad, de la distribución de las riquezas y de conceptos tan sabrosos como el reciclaje cultural. Temas que dan para tropecientos debates. Obviamente la postura del francés dista de ser una verdad absoluta, o mi dogma personal y hay muchos puntos que no llego a compartir, quizá porque no entienda bien su propuesta o sencillamente porque no termino ver que cuaje. Sea como sea, me parece un texto genial para hablar de lo que rara vez hablamos, porque lo damos por hecho tan ricamente, y volver a demostrar lo tremendamente imbéciles que somos en nuestras conductas de consumo, o más bien, soy. Next gen, allí voy.

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